La caída de Roma
 

<<Pallida Mors aequo pulsat pede pauperum tabernas Regumque turris>>

<<La pálida muerte lo mismo llama a las cabañas de los humildes que a las torres de los reyes>>

HORACIO, 65 a.C.- 8 a.C

<<Fortis cadere, cedere non potest>>

<<Los valientes pueden ser derrotados, pero nunca rendirse>>

Proverbio latino

LAS OLEADAS BÁRBARAS

Hasta el 378 todo intento de establecimiento había sido repelido, pero ese año se entabló una batalla decisiva en Adrianópolis: por última vez las legiones romanas plantaron su formación de combate a la vieja usanza; aunque más germanizadas que sus predecesoras, sus tácticas no diferían mucho de los gloriosos ejércitos de sus antiguos héroes, basados sobre todo en la fuerza de la mejor infantería del mundo. Roma quiso repeler la entrada de los godos, que era el pueblo más numeroso y poderoso de todos, creyendo que una victoria podría remontar la grave crisis, al menos empujando a otros pueblos a las dudas. Tal importancia tuvo y se le concedió a esta batalla, que el mismísimo emperador Valente intervino en ella, pero cometió el grave error de no esperar al ejército del emperador de Oriente que se acercaba a pocas jornadas de distancia, queriéndose llevar toda la gloria para sí mismo. Además había algo cuya relevancia desconocían los romanos y que ese día iba a jubilar tácticamente para siempre al mejor ejército de la historia: el invento del estribo. Los legionarios sabían que su enemigo era superior en número y que conocía su forma de actuar, pero tenían fe en su superioridad militar aunque su adversario utilizase en masa a la caballería. Pero el invento del estribo permitía una movilidad sobre el caballo que otorgaba toda la ventaja frente a la infantería, y sucedió lo peor que podía pasar: una derrota terrible (40.000 romanos, todos los oficiales incluidos, aniquilados) acabó con los mejores legionarios del imperio y su emperador al frente tras muchas horas de encarnizado combate, y los godos entraron a sus hanchas y las demás tribus ya no pudieron ser contenidas.

TEODOSIO, emperador hispano-romano

A partir de esta catástrofe, la herida de muerte estaba hecha, pero los últimos coletazos del moribundo durarían un siglo más en Occidente. Los romanos, debilitados hasta el extremo militarmente, optaron más por el ingenio político que por las armas: otorgaron el estatuto de federados a pueblos que acataran el poder imperial mediante "foedus", reinasen bajo su derecho y proporcionasen auxilio militar, buscaron alianzas sangrantes para el tesoro imperial con otros pueblos para contener las constantes incursiones bárbaras, establecieron la sede imperial en Rávena que era mejor defendible (mientras que desde la ciudad eterna, un Senado corrupto y una Iglesia desinteresada del ideal romano, pactaban con quien fuera para mantener sus privilegios, acrecentar sus riquezas y sobrevivir a lo inevitable). Finalmente, el hispano Teodosio creyó conveniente la división del imperio tras su muerte, lo que acabó con un Oriente más rico y fuerte que empujaba una y otra vez a ordas bárbaras de todo tipo hacia un Occidente, que Estilicón y Aecio principalmente, trataban de contener continuamente.

Por otro lado, el embrión de los caballeros andantes nació en la agonía romana: se crearon cuerpos reducidos de caballería de élite: caballos acorazados con láminas metálicas, grandes escudos ovalados, largas lanzas y espadas de inspiración germánica. Una innovación militar tardía cuyos frutos los recogerían las naciones nacidas tras la caída de Roma, y que de haberse generalizado antes de la catástrofe de Adrianópolis podría haber cambiado el destino de Occidente.

SEPULCRO DE FLAVIO ESTILICÓN, Milán-ITALIA

Las irrupciones iniciales de esta vertiginosa fase de decadencia fueron tratadas con maestría por Estilicón, que reconquistaba todas las tierras que encontraba a su paso, aunque él mismo tuvo que desguarnecer la frontera danubiana entre los años 395-398. Por otro lado, la parte inferior del limes renano, en la Galia, probablemente no se reconstruyó tras las brechas del siglo III, y la línea que la sustituyó a través de Colonia, Bavai y Bolonia fue abandonada en tiempos de Graciano, y en el resto del limes se perdió toda cohesión defensiva tras el paso del Rin (el otro desastre junto a Adrianópolis) con los alanos al frente en el 406, y el limes situado en la Suiza actual fue desguarnecido en el 401.

Los "castella" resistieron como ciudades fortificadas en medio de la devastación que los rodeaba, campo a través, durante años: las gentes se refugiaban en las ciudades y se defendían como podían en espera de refuerzos que muchas veces nunca llegaban. De todos modos, la romanidad permaneció intacta en esta primera oleada y los romanos se defendieron hasta el 440 en Panonia y hasta el 475 en Nórica, hasta que se produjo la definitiva evacuación general en el 488, años después de la deposición de Rómulo Augústulo, el último emperador occidental.

GUARDIA PRETORIANA
 

Entramos en la recta final: los hunos con el rey Uldín al frente quisieron establecerse en Tracia y Mesia, en el Imperio de Oriente allá por el 408. Tras esto, entra en escena Flavio Aecio, que en su juventud aparece como rehén de los hunos; de esta experiencia fue aprendiendo costumbres y tácticas, llegando con el tiempo a cobrar su libertad y a hacer una brillante carrera militar, cuando poco era lo que se podía hacer él lo hizo, y de los lazos de amistad de su juventud cosechó la alianza de los hunos para hacer frente a los visigodos (427), a los francos (428) y a los burgundios (430); a cambio les concedió el derecho de asentarse como federados en la Panonia, culminando con medio siglo de entendimiento.

En este nuevo asentamiento que comprendería aproximadamente las actuales Rumanía y Hungría (entre 425 y 434) forman un estado los reyes Mundzich y Rúa (padre y tío de Atila respectivamente) compuesto de hunos, germanos y algunos romanos (como el jefe de las ofininas del rey: Orestes, que paradójicamente sería el último general de legiones imperiales y padre del último emperador).

Con el tiempo toma el poder Atila y mantiene una amistad aparentemente sólida con un Occidente regido por Aecio, del cual recibe la Panonia Occidental en el 439. Pero todo parecía ser insuficiente. Cuando el imperio creía que la situación se podría reconducir de nuevo, y se podría recuperar poco a poco el esplendor perdido, Atila, por causas poco claras, levanta en armas como un poseído al pueblo más temido, que no había empezado siquiera a romanizarse, con la misión de conquistar el mundo entero. En el 447 llega hasta las legendarias Termópilas a través de Macedonia, y se dispone a conquistar toda la civilización occidental con el ataque a la Galia en el 451, llevando consigo un ejército grandioso y varios aliados germánicos que están de su lado. "Flagellum Dei".

ATILA, rey de los hunos

El astuto y envejecido Aecio reune todo lo que le queda al imperio capaz de sostener una espada, lo adiestra apresuradamente y lo mezcla con los pocos soldados romanos profesionales que quedan, recibe la alianza de los visigodos, que con su rey Teodorico al frente, defienden la federación que tan beneficiosa estaba siendo para su pueblo instalado entre Hispania y la Galia, comprendiendo que su propia supervivencia dependía del resultado de la contienda. Los aliados romano-germánicos con Aecio y Teodorico al frente atrapan a Atila en Champaña el 21 de junio de 451, en los "campus mauriacus", los Montes Cataláunicos, la batalla crucial, la madre de todas las batallas.

El combate fue terrible y el frente de combate larguísimo y muy denso, llegándose a combatir sobre montañas de cadáveres, según se nos cuenta en las escasas fuentes disponibles. Teodorico perdió la vida atacando heroicamente con sus soldados más próximos una brecha en el frente que hacía peligrar el triunfo (tal y como hiciese Aníbal con sus íberos en Cannas). Si hacemos caso de los textos que narran la confrontación, estamos ante la batalla más grande jamás librada en este planeta, se habla de rios de sangre y varios centenares de miles de cadáveres esparcidos por el campo. Aecio logró la victoria más importante de la historia de Roma, preservando la cultura de sus ancestros para los milenios venideros. Luego persiguió los restos del ejército huno a cierta distancia hasta que se retiraron definitivamente hacia la Panonia.

Al año siguiente Atila reunió un nuevo y colosal ejército; esta vez cogiendo por sorpresa a las tropas disminuidas de los romanos y aliados, que ni se imaginaban un regreso tan rápido, y su avance, esta vez hacia Roma, era imparable. Cuando tan solo le quedaba entrar en la ciudad con sus bárbaros para sembrar la destrucción, el papa León I salió a su encuentro. Nunca se supo de lo que hablaron (quizás archivos secretos del Vaticano contengan la verdad), pero sabemos que Atila se fue con Honoria y un tributo, posiblemente porque el emperador Marciano estaba atacando el Danubio en su retaguardia. Poco después de regresar a sus tierras panónicas murió, en el 453.

Tras su muerte hubo una lucha por el poder entre sus hijos, y su estado se desmembró, dejando libertad de movimientos para sus aliados: ostrogodos, gépidos, rugios, hérulos y esciros, los cuales abandonaron a sus antiguos señores.

JUSTINIANO, emperador bizantino

Cuando las gentes se recuperaron de estos años de terror, el mapa que se encontraron era desolador: el norte de África en poder de los vándalos de Genserico que habían sido expulsados de España junto a los alanos por los visigodos, siempre leales a sus tratados con el imperio desde que se federaron, pero que trasladaron el caos y la desmembración a las provincias africanas a excepción del ya oriental Egipto: los romanos eran esclavizados, desterrados o destinados a las crueldades del circo, afición que heredaron los autodenominados "Rex Vandalorum et Alanorum", cuando ya hacía más de un siglo que había sido totalmente erradicada de la sociedad latina. Su reino fue efímero, y Belisario reconquistó todas sus tierras para la Nueva Roma de Justiniano, Constantinopla, un siglo después.

El conde Belisario fué uno de los mejores generales de la historia, que no ha recibido la consideración que sus azañas merecieron: además del norte de África reconquistó Sicilia, Italia, Iliria, el sur de Hispania (con ayuda de otro buen general: Narsés) y mantuvo a raya a persas al este y a hunos al norte de la capital bizantina cuando esta pudo sucumbir ante sus imparables avances, viajando de un extremo a otro del Imperio Oriental toda su vida, siempre con escasez de hombres y recursos, siempre en inferioridad numérica, siempre leal al emperador aunque este fuese celoso de su gloria, ingrato con sus servicios y tacaño en sus socorros. Belisario ideó un cuerpo de élite que fue el terror de sus enemigos en el siglo VI: los coraceros imperiales. Muchos ven en este cuerpo de élite el definitivo origen de los caballeros andantes, una combinación letal, de su propia invención, entre la caballería pesada de lanceros godos, y la caballería ligera de arqueros hunos. Caballería que se protegía por entero de cotas de malla y que poseía un adiestramiento inigualable con lanza y arco, una adaptabilidad inmejorable, y unos ideales y una lealtad a su gran general sin parangón desde los tiempos de César. Además, por si esto fuera insuficiente, según Robert Graves, sus proezas individuales rivalizan con las de los héroes del rey Arturo. Y Belisario fue algo más que una leyenda, fue un héroe romano, descendiente de exiliados de Occidente que soñó y casi logró la completa reconquista y reunificación del Imperio.

En Hispania los visigodos mantenían un floreciente reino que fundió a los hispano-romanos y a los godos en un nuevo estado que se perpetuó tras la caída del 476, perdurando hasta la terrible llegada del Islam (711). Tenían casi toda la península ibérica (exceptuando el reino suevo en Gallaecia), parte del sureste galo y buena parte de lo que es hoy Marruecos. Años después de la caída de Roma, el reino se redujo a la Península, tras derrotar a suevos y lidiar con presiones francas al norte y bizantinas al Sur, donde la población recibió encantada a las tropas reconquistadoras de Justiniano, confiados en la recuperación de la romanidad en Occidente. De todos modos, el reino godo de Hispania fue positivo y fuerte, merecedor de admiración para sus habitantes (como el "loor" de San Isidoro), y que creó la mayor parte de la simbología monárquica que heredaron las diversas casas reales europeas durante el resto del Medievo.

 
HONORIO, emperador

En Britania, los anglos y los sajones sobre todo (a parte del nombre, por lo demás poco diferentes entre si) fueron ganando terreno desde las costas del sureste de la isla con sucesivas captaciones de inmigración desde las costas de la actual Dinamarca y alrededores. En tiempos de Honorio aún había guarniciones pagadas con dinero procedente de Italia, pero a partir de su sucesor los romano-bretones se hayan solos ante la marea bárbara. Es un estado celtoromano que aún conserva sus decuriones y una frágil coalición de ciudades. Cuando San Germán llega a la isla en el 429 ve el desastre: incursiones de pictos, escotos y anglosajones; la convicción de este santo guerrero que en el pasado había sido gobernador en la Galia, reagrupó a los romanos abandonados de la isla y les entregó una gran victoria, la victoria del Aleluya, el día de Pascua. Cuando regresó 20 años después, la situación era aún peor: un caudillo celta llamado Vortigern lideraba una facción hostil a los obispos y permitía la entrada de más y más bárbaros mercenarios; se crearon una serie de fortalezas sajonas para evitar un hipotético desembarco de Aecio, que estaba ocupado con Atila, desoyendo las continuas peticiones de ayuda de los romanobritanos, y casi un tercio de la antigua provincia cayó sin resistencia en manos bárbaras.

EXPANSIÓN ANGLOSAJONA EN LA BRITANIA ROMANA
 

Es curioso que el mito artúrico sea una seña de identidad anglosajona, cuando las evidencias arqueológicas y los estudios recientes demuestran que es latino: procede de los siglos V-VI, y seguramente tras algunas matanzas como la de Anderida (cerca de Pevensey) y una auténtica limpieza étnica de la isla, surgió un líder local, un rey quizás, el conocido como último romano, que unificó los restos nacionales latinobritanos y los condujo a la mítica y poco documentada victoria del Monte Badon (ó "Mons Badonicus"): Ambrosino Aureliano, el último romano ¿era el rey Arturo?..., no se sabe si era él u otro romano, pero lo que está claro es que no tenía nada de inglés, al contrario, luchó contra ellos para defender la civilización latina. De todos modos, a pesar de la crueldad con que los bárbaros anglosajones trataron a los legítimos pobladores de Britania, consideraron solemnemente las obras arquitectónicas y las ciudades abandonadas de los romanos como: "eald enta geworc" (la obra antigua de los gigantes).

En la Galia, junto a los burgundios, los francos se consolidaban y derrotaban a los alamanes en la importante batalla de Tolbiacum. Por su parte, bastante antes, en el 456, Egidio, general de los ejércitos de intervención apostados cerca de Lutecia (París) ponía a su servicio a los francos para combatir a los visigodos, Paulo (su sucesor) contra los sajones, y el hijo de Egidio: Siagrio, se convertía después en "rey de los romanos" manteniendo un reino romano independiente ajeno al poder imperial, hasta que en el 486 vencido por los francos de Clodoveo se refugia en Tolosa , capital visigoda de Alarico II; este lo entrega y el rey franco lo ajusticia.

Y finalmente Italia. Estilicón había vencido en el 401 y 406 a visigodos y ostrogodos respectivamente, pero los primeros en el 408 llegaron a sitiar Roma y en el 410 la ocupan, algo que no sucedía desde Breno en los inicios de la República, es decir, ocho siglos después. La invulnerabilidad se quebró, y por si fuera poco, el caudillo Alarico secuestró a Gala Placidia, la hermana del emperador. Todo esto sucedía poco después del paso del Rin (vándalos, suevos, alanos) que supuso junto a Adrianópolis el principio del fin. Más tarde no se pudo evitar la entrada de ostrogodos y lombardos, y el ejército quedó por completo en manos de bárbaros. Esto acabó cuando uno de ellos: Odoacro, se proclamaba rey de Italia enviando las insignias imperiales a Bizancio; este rey se dedicó a romanizarse, manteniendo el Senado y la burocracia precedente, entablando relaciones de supuesta subordinación con Oriente y de amistad con los vecinos que eran más poderosos que su reino: francos y visigodos. En el siglo VI, tras la frágil reconquista de Italia por parte de Belisario, la última oleada germánica de esa época, acabó con los lombardos asolando la península itálica. El agujero que dejaron en la Panonia lo aprovecharon los ávaros (sucesores de los hunos), que también entrarían provisionalmente a través del limes danubiano, poco defendido por los bizantinos, que estaban enzarzados en la reconquista de Occidente y en la defensa de Oriente contra los Persas. A su vez, búlgaros y eslavos acabarían instalándose alrededor del Danubio, y los jázaros ocuparon su puesto en las estepas.

No queda mucho más que decir sobre nuestros antiguos del lado occidental. Así cayó la patria de nuestros antepasados, entre masacres, heroicidades y sin un suspiro de paz durante los siglos que rodean a la deposición del último emperador.